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sábado, 19 de julio de 2014

Recuerdos en 60 m²


Aquí estoy hoy. En la terraza de la casa que ha sido mi hogar durante los últimos once meses. Sentada en una butaca de madera a la que el paso de los años no le han perdonado varios rasguños. Eclipsada una vez más con la magia de Zafón. Y recordando que fue, precisamente, el hechizo de Marina el que me sumergió de lleno en este mundo de las letras…

A mi derecha, luces de Navidad cuelgan del techo e incluso apagadas y en verano, su veteranía les otorga cierta dosis de encanto. Al otro lado, la puerta abierta del cuarto de estar deja entrever un par de sofás que, aunque mudos, cuentan historias de brindis, abrazos, bailes, películas, dos, fas, soles sostenidos… y conversaciones infinitas.
Sobre el alféizar de la ventana, todavía rastros de la última vez que él fumó aquí. Sonrío, preguntándome si las cenizas son lo único que el viento es incapaz de arrastrar…

Aquí sigo yo, pero de repente, siento que me encuentro en un espacio distinto. Cautivante, inspirador, delicado… Como si alguien hubiese limpiado con mimo una raída caja de música y, tras muchos años, hubiese hecho girar de nuevo la manivela. Sin tan siquiera parpadear, por miedo a perderme un solo compás.
Consciente de que muy pronto, no me sentaré más atardeceres a leer en esta butaca, ni observaré boquiabierta la agilidad de los dedos sobre un acordeón, o abrazaré a las mismas personas. Pero también, de que la mejor versión de mí, la que ahora sonríe y baila como la grácil bailarina de esa caja de música, vivirá para siempre en algún rincón de esta casa… En el brillo incandescente de unas luces de Navidad.

 
 
Sabes que no es dónde, sino cuándo, cómo y con quién…
 
 

domingo, 20 de octubre de 2013

Laimė

A veces llega con el viento mientras volamos una cometa. La escucho en la risa agitada de Augustė cuando saltamos entre las hojas. O brilla en los ojos azules de Saulė si aprendo nuevas palabras.

 
Viaja conmigo en el tren, pero no paga billete. Se acomoda en mi regazo. Sonríe a los niños. Y traviesa, mira de reojo al chico del abrigo verde que roba minutos a mi lectura.
Se cuela también por las noches mientras hablamos, entre copas de vino y acordes de guitarra. En la madrugada, sube a la azotea para mirar la Luna llena. Y al amanecer, huele a té con cereales.

 
Pasea por las calles sin prisa, embriagando todos mis sentidos. Refleja su sonrisa en las aguas cristalinas de un lago. Respira paz, suspira y se queda muda ante la inmensa belleza de un paisaje.

 
Se enamora del (y al) atardecer. Cocina cepelinais. Juega al baloncesto. Baila polka. Habla mil y un idiomas, pero siempre se despide con un abrazo… Como Federico Luppi en San Luis, siente que aunque el mundo es infinito, de momento ella ha encontrado aquí su lugar.
 
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         She sometimes arrives with the wind while we are flying a kite. I listen her in the stirring laughter of Augustė, when we jump between the leaves. Or she shines in Saulė´s blue eyes if I learn new words.


 

          She travels with me on the train, but she doesn´t pay ticket. She snuggles on my lap. She smiles at children. And naughty, she looks sideways at boy with green coat who steals minutes of my reading.

           She seeps on the night also while we are speaking, between wineglasses and chords of guitar. On the nightfall, she goes up to the roof terrace to look at full Moon. And on the dawn, she smells of tea with cereals.

 

 

          She walks by the streets slowly, getting drunk all my senses. She reflects her smile in the crystalline waters of a lake. She breaths peace, she sighs and she loses her voice in presence of an immensely beautiful landscape.


 

           She falls in love with (and on) sunset. She cooks cepelinais. She plays basketball. She dances polka. She can speak thousand and one languages, but she always says goodbye with a hug… Like Federico Luppi in San Luis, she feels that, although the world is infinite, by the moment she has found here her place.